Fabiola y las mujeres del Oro Verde

Por La Guaytamba

Tras varios días pedaleando cerca de zonas mineras llegué a Huamachuco, poblado ubicado en la Provincia de La Libertad al norte de Perú a 3269 msnm.

Llegué a la plaza principal, sola, tras haberme separado unos días del grupo.

Sin saber qué esperar y antes de poder preocuparme por buscar un lugar donde armar carpa, conversé con Jorge, un amable señor que dirigía al grupo de las niñas Scouts de la escuela. Jorge y las niñas me escoltaron hasta la casa de Maco y su familia, los ángeles guardianes de los ciclistas, con quienes terminé quedándome una semana.

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Con mucha suerte llegué el último domingo del mes y tenían una pequeña feria en la plaza donde encontré a varias mujeres tejedoras que vendían sus artesanías, entre ellas una muy curiosa y amigable, Fabiola, quien me invito a conocer a su grupo de tejido al día siguiente.

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Mujeres tejedoras en la plaza central de Huamachuco.

Tras nuestro encuentro con Sara Moreno en Jaen mi interés por acercarme a los grupos de tejedoras y artesanas se acrecentó.

Dejé de verlos como grupos aislados de artesanas y los empecé a ver como reuniones de mujeres que salen del espacio doméstico y ocupan el espacio público.

Grupos que muchas veces se convierten en espacios seguros donde al reconocer a otras compañeras con sus mismos problemas y vivencias se sienten escuchadas, identificadas y se convierten en confidentes unas de otras.

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Salí tarde al encuentro con ellas, no presté la debida importancia al reloj y me quedé desayunando tranquila mientras actualizaba las redes sociales. Sin apuro – pensé. Sólo son 10 minutos.

Al llegar a la papelería de Melissa donde me esperaban Fabiola y las tejedoras, la mitad de ellas ya se habían ido.

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De izquierda a derecha: Fabiola, Melissa, Juana y Maria, madre de Fabiola.

¿Qué? ¿No pudieron esperar ‘solo’ 15 minutos? – ingenuamente pensé.

– ¨No pudieron esperar. – me dice triste Fabiola. – Muchas tuvieron que salir corriendo a la chacra, a la casa a cocinar el almuerzo y cuidar a los hijos que  dejaron un momento para venir hoy.¨

Se me caía la cara de la vergüenza. Cómo justificar que los 15 minutos que me tome del tiempo de esas ajetreadas mujeres que acomodaron su día para venir a contar su historia yo me los gasté sentada frente a mi celular.

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Fabiola me recibe hermosa, orgullosamente vestida de pollera, blusa y sombrero tejido, típica vestimenta campesina. Ella, como muchas, migró a la ciudad siendo muy joven y con los años se ha ido reconciliando con su orígen y sus tradiciones.

Ella es quien más tiempo puede dedicarle a éste proyecto que nació el día que su esposo la dejó en la calle, literalmente, a ella y a sus 3 hijos pequeños.

Nunca imaginó que aquel día cuando creía que su vida estaba acabada, en realidad, su historia estaba empezando.

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Separarse del marido e independizarse económicamente en una sociedad donde el hombre es el que sale de la casa, trabaja y recibe el dinero y lo administra es impensable para muchas mujeres que han vivido así de generación en generación.

– ¨La mayoría de compañeras que vienen a las reuniones de tejido solo pueden hacerlo cada 15 días. Mienten a sus maridos para venir porque no está bien visto que descuiden la casa para salir¨.

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Melissa y Fabiola sosteniendo un trabajo hecho a mano.

– ¨Muchas tiene miedo de vender su trabajo y cuando lo hacen esconden el dinero. La mayoria junta el dinero para pagar el colegio de sus hijos, pero si sus maridos se enteran, seguro se lo gastan bebiendo ( alcohol )¨.

Fabiola logró salir adelante gracias al apoyo de su madre y de sus otros 2 hijos mayores que pudieron trabajar y apoyar a que sus hermanos más pequeños continuaran en la escuela.

Empezó a tejer como un medio de sustento y fue ahí cuando se dió cuenta lo que ocurría cuando se juntaba con otras mujeres. Escuchaba los mismos casos de maltrato e injusticia que ella vivió por muchos años.

Fue así que empezó a aconsejar y apoyar a sus compañeras para que terminaran la escuela, se inscribieran en cursos, vendieran sus tejidos y sobretodo, para que siguieran acudiendo a las reuniones de tejido a pesar de las prohibiciones de muchos de sus maridos o familiares.

Asi nació su grupo de tejido que llamaron Oro Verde.

Tiempo después de su separación encontró trabajo como cuidadora de una casa, donde actualmente vive con sus 3 hijos menores.

-¨Un día el señor me llamó a decir que venía a la casa pero que además, necesitaba que le tenga una comida para sus invitados. Yo no sabía cocinar, pero no se le dije, quería impresionarlo. Ese rato llamé a una amiga que trabaja en un restaurante y ella me explicó por teléfono como preparar la cena¨.

El señor y sus invitados quedaron encantados. Ese día decidió empezar a estudiar para cocinera profesional.

Fabiola es así, una visionaria. En todo problema ella encuentra oportunidades.

Me invitó a conocer su casa y a almorzar. Para mi sorpresa, después de haber visitado tantas casas donde las mujeres siempre están en la cocina, entramos y encontramos a sus dos hijos varones preparando el almuerzo y lavando los platos. Su hija mientras tanto se preparaba para salir a la escuela.

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Manuel y Jorge, hijos de Fabiola,  lavando los platos.

Desde la ventana de la casa que ahora cuida y habita me muestra lo que alguna vez recibió como un pedazo de césped sin cuidar. Ella lo ha convertido en un jardín para el dueño de casa y ademas, tiene una pequeña huerta con papas, zanahorias, tomate de árbol ( que le dicen berenjena) manzanilla y hasta una oveja que ella y sus hijos cuidan.

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Fabiola sueña con inscribir la asociación como una organización de artesanas para poder recibir ayuda gubernamental y asesorías como una micro empresa.

Actualmente trabaja para juntar dinero y comprar un terreno donde quiere construir su propia casa.

-¨Quiero tener mi propio pedacito de tierra¨ – me dice. – ¨Nadie debería vivir con el miedo de que cualquier dia alguien lo pueda dejar en la calle¨.

En Huamachuco las consecuencias de la explotación minera son evidentes.

“Pan para hoy, hambre para mañana”. Las promesas de un supuesto desarrollo se lo llevaron los explotadores, como siempre.

Acá quedó la montaña abierta, los campesinos sin agua para sus sembríos, familias destruidas por el alcoholismo, que es promovido por las propias empresas para que los trabajadores aguanten jornales de trabajo agotadores. Gente gravemente enferma que ha quedado inhabilitada para trabajar por haber estado expuestos a trabajos en condiciones precarias.

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Mineria a cielo abierto al sur de Huamachuco, Provincia La Libertad.

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Mural en la Asociación Marcelino Pan y Vino, Huamachuco.

Ahí, terminando la tarde y nuestra larga charla, Fabiola toca unos tréboles mientras me explica sobre el origen del nombre de la asociación.

-¨Oro Verde – me dice mientras toca los tréboles verdes – éste es el único oro que nos dá en realidad la tierra¨.

 

 

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