Elvira y las mujeres tejedoras de las comunidades bolivianas

Por Sofía Gordón

La Paz, Bolivia. Agosto, 2017.

Conocer a Elvira Espejo nos daba mucha ilusión. Habíamos escuchado que ella era una de las pocas mujeres “de pollera” que estaban en una cargo directivo en la Paz. El Museo Etnográfico y Folklore -desde nuestro ojo viajero- también llamó nuestra atención por su organización y fama, dentro y fuera de Bolivia.

A pesar de su agenda, Elvira nos recibió y nos contó que su acercamiento con el museo fue por el conocimiento y experiencia adquirida a través de un trabajo de investigación que resultó en varias publicaciones. Durante más de diez años trabajó con 900 tejedoras de todos los Andes de Bolivia y también con mujeres de otras comunidades en Argentina, Ecuador y Chile. Ella comenta que hablar en aymara y quechua facilitó su trabajo de campo.

Desde que llegó al museo ha buscado replantear la organización cronológica con la que generalmente se disponen los objetos. El replanteamiento en términos educativos es tomar en cuenta los procesos, es decir, la cadena operatoria, cómo se obtiene la materia prima y cómo se elabora el objeto, no porque es bonito o elegante. Cada uno, de ellos tiene una forma diferente de elaboración, así como también su interacción con la comunidad y su dinámica en la vida social. Se trata de un nuevo planteamiento desde América del Sur para el mundo. Se han dado charlas y talleres al respecto, en otros países, con el fin de compartir este nuevo concepto.

El museo presenta al público una tienda que cuenta con réplicas de los objetos en exhibición, elaborados por todas las tejedoras que colaboran con la investigación. En términos económicos es una forma de contribución para las comunidades.

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En cuanto al aporte académico el museo ha publicado 13 catálogos, que en correspondencia y con esta misma lógica, presentan los objetos en su interacción con la vida social. En el año 2013 se divulgó el trabajó textil, en el 2014 la cerámica, en el 2015 arte culinario, en el 2016 metales y este año están elaborando un catálogo sobre la madera y cestería y el siguiente sobre lítica. Aunque es un trabajo muy arduo, Elvira, cree que es un valor agregado para la investigación ya que las publicaciones se encuentran disponibles en línea.

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Uno de los temas que Elvira defiende con mucha pasión es la lectura que desde la academia se ha hecho de las prácticas indígenas. Al respecto ella comenta:

“Soy de una comunidad del sur de Bolivia y he visto que lo académico es sólo para los académicos, en una lógica de clase media y clase alta, (…) creo que en toda América Latina ha sido así. Han llegado estudiosos norteamericanos y de otros lugares que hacen un estudio a los indígenas sobre su vida y convivencia con el desarrollo de cuestiones culturales. Esas temáticas me llamaron la atención cuando estuve en la universidad y he debatido mucho sobre eso porque era pensar en sus propios lenguajes, en este caso francés e inglés y cuando se traducía al español se perdían ciertas nociones que no eran adecuadas. Cuando retorné a la comunidad -porque ahora soy la única mujer que ha salido de la comunidad- les conté que es lo que está publicado sobre nosotros. Ellos me indican que eso no se conoce así, sino así. Entonces eso llamó mi atención para trabajar en un nuevo replanteamiento, en realizar ajustes en nuestra propia lengua. Esto ha llevado 15 años de investigación, es la sistematización de toda la cadena de producción de la técnica y estructura textil (…) en aymara y quechua (…).”

 

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Además, en el museo se ha abierto un espacio en el que todos son bienvenidos, es decir, no solamente se trata de mesas de discusión entre académicos, como era en el pasado, sino que además, se busca la participación de la comunidad. Incluso se ha incorporado un lenguaje común que intenta equilibrar el sector encargado de la elaboración del objeto y  la comunidad en general, la parte práctica, con los académicos.

Para Elvira es complicado el papel de líder. Ella cree que hay que tener el horizonte claro, y ser muy diplomático. Además es muy importante que en el museo se logré la calidad que se espera. Son cambios dramáticos que al inicio fueron duros pero ahora ya son parámetros que se siguen y que han hecho que el número de visitantes aumenten, especialmente de los extranjeros.

De niña Elvira no se imaginó salir de su comunidad, las mujeres no tenían esa opción. “Al principio fue complicado” nos cuenta, “especialmente porque por el tema educativo las mujeres no teníamos esa puerta. Era raro para mi ser la única mujer entre tantos hombres”. Nos confesó que no le gusta hablar de esto porque “toca su corazón”.

Finalmente, nos cuenta que uno de sus deseos es que no se pierdan los tejidos artesanales que ahora se hacen industrialmente, ya que cada vez hay menos comunidades que  elaboran y bordan sus polleras y blusas con sus manos.

 

 

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